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* ASIMETRIAS (columnas)

EDITORIAL
PRD: ALIANZAS, ¿RIGOR MORTIS?


VERACRUZ: CORRUPCIÓN Y DESTRUCCION DEL TEJIDO SOCIAL

Por Fausto Fernández Ponte

En el Estado de Veracruz, el poder político adviértese muy contagiado ya del mal endémico de nuestro tiempo, el narcotráfico, que tiene asido en sus zarpas sangrientas a México, incluidos sus nobles y leales y sufrientes habitantes: secuestros, asesinatos, venta de protección, latrocinios, trasiego de estupefacientes y psicotrópicos, etc.

En esa entidad federativa, el tejido social ya exhibe síntomas inequívocos de desgarre, degradación y franca destrucción de sus urdimbres y puntadas, tal vez no con el dramatismo extremo que se observa en las urbes (Ciudad Juárez, Tijuana, Reynosa, Matamoros) de nuestra mártir frontera norte, pero sí muy real. Verismo inocultable.

Cabría precisar qué se entiende por tejido social, a partir de su denominación científica devenida del inglés “social fabric” que la escuela sociológica estadunidense, idealista, opuesta a la europea marxista, identifica como interacción de individuos y grupos de una sociedad humana.

Esa definición, empero, acusa cortedades, pues desestima componentes contextuales importantes como son los sentires y pareceres colectivos y la vigencia de ciertas escalas de valores tales como los de la solidaridad colectivas, opuesta al individualismo egoísta extremo. C. Wrigth Mills definió a ese egoísmo como contrario a lo civilizatorio.

En México y, en el caso que nos ocupa, en Veracruz, la escala de valores tiene por eje la base económica, la cual, en su turno, tiene por pivote universal el mercado y, por inferencia, su valor supremo, el dinero como enser y a la vez deidad suprema de poder –estatus-- y felicidad social.

Así, el tejido social bajo esas peculiaridades --reforzado por las nociones del mercado, es igual a enriquecimiento e igual a dinero e igual a felicidad individual e igual a satisfacción, bienestar y seguridad e igual a trascendencia mediante el desarrollo personal—tiene en México tiene defectos de origen. El hombre, lobo de sí mismo.

Esos defectos en la constitución del tejido social lo hacen vulnerable en extremo a fenómenos disolventes y degradqtorios, si no es que latamente desintegradores y, ergo, destructivos. Ocurre en todo el país, maniféstandose de diversa guisa, según la acción de sus agentes catalizadores propios –culturales e idiosincrásicos-- y/o ajenos.

En las urbes fronterizas del norte e incluso en algunas del Altiplano norcentral y el sur y el sureste de México esas manifestaciones se nos muestran bajo modalidades distintas, engañosas sin duda, a las emblemáticas como las de Ciudad Juárez –feminicidios, juvenicidios, genocidios en suma--, pero allí están. A la vista del mundo. En vivo.

Y en tiempo real. Allí están, objetivamente discernidas, en gradación variopinta. El síntoma mayor de esa destrucción del tejido social es la descomposición rampante, espectacular diríase, del poder político del Estado, en sus niveles y ámbitos federal y local.

En lo local –en Veracruz--, el poder político tiene por misión insoslayable perpetuar, reforzadamente, un statu quo que reditúa a sus personeros más emblemáticos –desde el gobernador Fidel Herrera Beltrán hasta los presidentes municipales— un saqueo cínico, por impune, de los tesauros públicos y patrimonios societales.

En ese entendido se inserta la agudización de la vida delincuencial en el Estado de Veracruz, sobre todo en las grandes urbes --conurbaciones Coatzacoalcos-Minatitlán-Cosoleacaque, en el sur; en el centro, Veracruz-Boca del Río-Medellín, Xalapa-Coatepec-Banderilla y Córdoba-Fortín-Orizaba--; se ve también en áreas rurales.

Caso en punto: cuando los individuos de una comunidad se sienten desprotegidos ante los zarpazos de un enemigo común que identifican como el binomio gobierno-narco (o Estado-delincuencia organizada), hay deterioro, si no es que destrucción irreparable, del tejido social. El sentir de desprotección es hoy tan real como evidente.

Aquí la destrucción del tejido social se inicia en la familia, la escuela e instituciones de organización social solidaria; el sentir de desprotección de la sociedad respecto a ellas, así como de la corrupción flagrante de sus representados en el poder político, no ofrecen hoy asideros cohesionadores. El Estado nos ha abandonado. ffponte@gmail.com



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Asimetrías

“Reconstrucción del Tejido Social”

Por Fausto Fernández Ponte



“Ni el gobierno ni el clero deben tratar al ciudadano como menor de edad”.

Julio Frenk.



I

El Presidente de Facto de México, Felipe Calderón, anunció que se invertirán “inicialmente” 500 millones de pesos en la “reconstrucción del tejido social de Ciudad Juárez”. El móvil de esa inversión antójase demagógica; su propósito, igual.



¿Por qué? Por lo siguiente:

Ítem uno, el tejido social de la mártir urbe fronteriza no está más deteriorado que el de otras ciudades colindantes con Estados Unidos, como Tijuana, por ejemplo, o Reynosa y Matamoros, Tamaulipas, y más al sur, hasta Chiapas.

Ítem tres, reconstruir un tejido social en un entorno dado –es decir, localizado-- implica salirle al paso integralmente a las causas reales, objetiva y honestamente discernidas, de la degradación de la urdimbre de la sociedad.

E ítem tres, uno más, identificadas que se hayan las causas de la degradación del tejido, su reconstrucción –volver a tejer-- debe ser la consecuencia de un enfoque multidisciplinario de la estructura y la superestructura de la sociedad mexicana.

Por añadidura, el poder político del Estado mexicano como tal no estaría a la altura del reto de volver a tejer la urdimbre destruida y degradada. Se requiere un nuevo hilo.



II

Reconstruir el tejido social no es tarea de los políticos del cuño, la laya y la naturaleza de los actuales personeros del poder político panista, priísta, perredista --o de otras denominaciones partidistas-- y de interés crematístico del Estado mexicano.

Ello es obvio, a nuestro ver, pues esos personeros del poder político –que comprende a los tres Poderes de la Unión Federal y sus niveles en los 31 Estados y el Distrito Federal-- han mostrado omisión ante la destrucción del tejido social.

Esa omisión es, para no pocos mexicanos, premeditada, lo cual la convierte en comisión y, por ende, crminógena, si no es que francamente criminal, rayana en en una modalidad de genocidio de honda perversidad. Esa omisión/comisión es antisocial.

Para proceder a la reconstrucción del tejido social, el poder político del Estado mexicano debe dejar esa tarea --que antójase sin duda colosal— a la ciudadanía o a las vertientes del todo societal. Que conocemos como “sociedad civil”.

Ello implicaría establecer paradigmas que desprivilegien, por un lado, la politización del proceso reconstructor y, por otro, el mercantilismo impúdico e inmoral de ciertos segmentos particularmente voraces de las oligarquías mexicanas macro y micros.

Antes de proseguir cabría precisar qué se entiende en sociología por estructura, superestructura y, desde luego, tejido social, a fin de identificar el contexto dentro del cual pretende el poder político del Estado “reconstruir” el tejido social juarense.



III

Por tejido social –o “social fabric”, según la definición estadounidense adoptada en México y abrazada por el poder político panista y priísta-- es el conjunto de relaciones, grupos, instituciones y organismos en cuyo espacio concreto se enmarca el mexicano.

Otras escuelas sociológicas –como la del marxismo europeo-- incorporan como componentes centrales de la definición lo que sienten y piensan los individuos que conforman el tejido social. Esto tiene que ver con la superestructura de la sociedad.

La estructura define aquellas relaciones internas y estables que articulan a los diferentes elementos constitutivos de una totalidad concreta que, en el caso de Ciudad Juárez y, de hecho, todo México, es la población y sus interacciones y su cultura.

Y tocante a la superestructura, ésta es el conjunto de instituciones cuya función es la de cohesionar a la sociedad y a la cultura en torno a la base económica, y de asegurar la reproducción de ésta última bajo ciertas relaciones de producción y fuerzas productivas.

¿Qué nos dicen éstos conceptos? Que la “reconstrucción del tejido social de Ciudad Juárez” propuesta por el señor Calderón es, en realidad, una socaliña para comprar aquiescencia –voluntades, pues— hacia la militarización emprendida por el gobierno.

Es también una guisa inspirada en la filosofía de la corrupción moral: recompensar a priori por daños que seguirá causando el Ejército. El tejido social no se reconstruye así; lo opuesto: se destruye aun más. ¡Qué peligrosa y monumental apuesta! ffponte@gmail.com



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Por Fausto Fernández Ponte
“Necesitamos seguir haciendo vida política
para que la izquierda sea factor de
decisión en el rumbo del país”.
Jesús Ortega.
I
Para muchos ciudadanos situados a extramuros de los partidos políticos e incluso no pocos de los ubicados a intramuros, los afanes de la dirigencia corriente del Partido de la Revolución Democrática en pos de alianzas electorales “tácticas” son sospechosas.
Sospechosas, por una parte, de claudicación, pues reconoce en los hechos la incapacidad de su dirigencia para organizarse entre los estratos afines y desafines de los pueblos de México e izar las banderas de una vera revolución democrática.
Sospechosas, por otra parte, de optar por la vía fácil: la de adherirse parasitariamente a otro ente partidista que le es antipodal en todos sentidos, y que representa, amén, a intereses de un orden establecido que excluye al mismo PRD y oprime a México.
Y sospechosas, en suma, de la omnipresencia evidentísima de una crisis no sólo del PRD, sino del “aliado táctico” de oportunidad, el Partido Acción Nacional, y de todos los actores institucionales del antidemocrático régimen de partidos en México.
Esa crisis –que la sociología marxista bien discerniría como estructural, si no es que hasta superestructural— no se superará mediante alianzas que, siendo declaradamente tacticas, despiden hedores de estratégicas. Hedores de cadáver.
II
La racionalidad “chuchista” justifica, sin duda, las alianzas del PRD con el PAN e incluso –eventualmente--, el Revolucionario Institucional. Pero es una racionalidad de oportunismo y claudicación.
Supongamos que los candidatos de la citada alianza ganen las elecciones venideras a gubernaturas, legislaturas locales y ayuntamientos, ¿cogobernará realmente el PRD? ¿Será, como dice el señor Ortega, verdadero factor de decisión en el rumbo del país?
La experiencia histórica demuestra lo opuesto. En aquellos procesos de renovación de poderes de los 31 Estados Unidos Mexicanos en los que el PRD se ha aliado con el PAN y/o el PRI, ha sido ninguneado o ignorado y hasta expulsado de la alianza.
¿Qué le garantiza al PRD, que se ostenta como una izquierda que, por partidista, es cómplice de las aberraciones del poder político del Estado promotor de la forma de organización económica neoliberal actual, francamente antisocial, antipueblo?
Es obvio que las razones del señor Ortega para justificar esas alianzas –que él llama tácticas— son premisas falsas de una lógica del mercenarismo político, lo cual anula cualesquier metas estratégicas al cercenar una alternativa político-electoral coherente.
I
Ello despierta sospechas acerca de los verdaderos móviles del señor Ortega y una paupérrima concatenación dialéctica de premisas/silogismos en su ideología, devenida ésta de reivindicadora originalmente en crematística. Es reconocer a priori una derrota.
Supongamos que en 2012, el PRD ignora a sus propios precandidatos naturales y resuelve postular, en alianza, al abanderado del PAN o del PRI, y éste llega a Los Pinos, ¿de verdad cree don Chucho que sería él un “factor de decisión” en el rumbo del país?
Supongamos que el jerarca perredista así lo crea de verdad –que esté genuinamente convencido de ello--, su papel de “factor de decisión” en el rumbo de México no se inspiraría en los principios de la izquierda, sino en los de su personal ganancia política.
La izquierda en México vive en crisis de congruencia filosófica y definición ideológica y política y cultural por propia mano, lo cual raya en saltimbanquismo suicida. Su moraleja: los principios pueden ser cooptados a precio de remate.
Imagíne el ciudadano a un PRD obligado por sus “alianzas tácticas” a oponerse en el resto del sexenio a anhelos populares de modificar las relaciones de producción y las fuerzas productivas prevalecientes que aherrojan a los pueblos de México.  ffponte@gmail.com

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Juárez: Punto de Quiebre
Por Fausto Fernández Ponte
“Para involucrar a los ciudadanos (en la narcoguerra)
primero es necesario ganar su confianza”.
Jesús Cantú.
I
La visita del presidente de Facto Felipe Calderón a Ciudad Juárez, Chih., y los airadísimos reclamos públicos y privados que tuvo que oír –que no escuchó, pensaríase-y las protestas sociales que concitó, antójanse punto de quiebre o de giro de su sexenio.
¿Por qué? Por que, asumiendo que don Felipe tiene conciencia de que (a) lo que está ocurriendo en México es secuela de su actuación como mandatario y (b) la ciudadanía tiene noticia y comprensión de sus móviles, es culminación de fracaso de su gestión.
Por supuesto, éste “turning point” –o punto de quiebre o giro o culminante— se manifestó con dramatismo, pues las escenas de los reclamos de las madres de los jóvenes asesinados hace unas semanas, y las protestas fueron registradas fedetariamente.
Empero, no todos los medios difusores –tanto impresos como los del espectro radioeléctrico y de la Internet-- consignaron esos sucedidos en los que el señor Calderón y su esposa se mostraban cariacontecidos y francamente incómodos.
Don Felipe denotaba, por sus ademanes y gestos reflejos –involuntarios— de sus músculos faciales y la tensión de su cuerpo, incredulidad ante lo que sus sentidos auditivo y de la vista registraban. Su cerebro, empero, se negaba a aceptar los reclamos.
II
En esos momentos (y, tal vez, posteriormente, mientras viajaba de regreso al Distrito federal) el señor Calderón parecía incrédulo, sintiéndose que los deudos de los jóvenes asesinados eran injustos con él al increparle y pedirle incluso su renuncia irrevocable.
¿Su renuncia? ¿Renunciar a la Presidencia de la República “haiga sido como haiga sido” que la haya obtenido? ¿Pedirle que se vaya, ya, de Los Pinos, cercenando así a su sexenio que para él no es aciago, sino fructífero, preñado de “grandes logros”?
Individuo de mecha corta –dado a iracundia extrema por cualesquier minucias--, don Felipe no justifica en su fuero interno la contundencia de los reclamos y la tajante exigencia que renuncie a su investidura, para muchos mal habida, por cierto.
El testimonio de los videos y las fotografías exhiben al señor Calderón estupefacto, sorprendido, sin saber qué decir ni qué hacer, pese a que a priori se le había informado de lo que podría esperar de los deudos de las víctimas calumniadas públicamente por él.
Al día siguiente, ya en la seguridad del palacio en la umbría pineda vecina a Molino del Rey y Chapultepec, don Felipe pudo enterarse, si acaso, que los nobles ciudadanos juarenses exigían amén ser consultados acerca de la ocupación militar que padecen.
III
¿Influirán esos sucedidos en las decisiones futuras del señor Calderón acerca de la narcoguerra? Es predecible que no. La racionalidad calderonista privilegia como premisa mayor la de que sin los militares en la calle, él perdería ventaja disuasiva.
Ésta apreciación nos lleva, dialécticamente, a la razón de ser vera de la narcoguerra: la de pretexto para aterrorizar a la población civil, manteniendo a raya a discrepancias, disensiones y franca oposición sociales organizadas de carácter reivindicatorio.
En otras palabras, don Felipe usa a las Fuerzas Armadas de tierra, mar y aire para asegurarse la existencia misma de su presidencialado, que devino de acto equivalente, por definición, a un golpe de Estado o “coup d´État”: el fraude electoral de 2006.
Ese golpe de Estado lo organizó, documentadamente, el predecesor de don Felipe, Vicente Fox, aunque al actual mandatario (considerado por ese fraude un gobernante espurio) representó también un papel importante en fea tragicomedia de horror.
Nótese que las madres agraviadas provienen de una clase media, cuyas sentidísimas pérdidas y la arrogancia de don Felipe despiertan una conciencia colectiva que devela el falso contractualismo social calderonista y se convierte en un detonante catalizador real. ffponte@gmail.com

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